Como bien sabéis algunos e ignoráis otros, el martes es, desde hace varios años, el día elegido para salir a comer por ahí con los compañeros del trabajo. El resto de días (de lunes a jueves), comemos en el trabajo, pues trabajamos a 30km de casa y todavía no existe un medio de transporte que convierta este tránsito en la alternativa óptima para las dos horas libres que la empresa nos concede a mediodía.
Esta vez no voy a decir aquello de "tal vez otro día os cuente cómo el martes se convirtió en el día D". Lo explicaré aquí y ahora: allá por el año 2007, mi buen compañero y amigo Pablete (también conocido como Pablo) y yo, asistíamos con regularidad a la sala de fitness de la empresa, también conocida como el gimnasio, rentabilizando al máximo el ya mencionado intervalo de dos horas.
Un buen día, Rei, nuestro adorado monitor (también conocido como Reinaldo), nos explicaba que estaba intentando constituir un grupo para una nueva actividad periódica: spinning, o como él lo llamó en aquel momento: ciclo-indoor.
Inciso: ahí comprendí la utilidad de los neologismos para los especialistas en una materia: diferenciarse de la plebe. Cuando nadie sabía lo que significaba spinning, ellos lo decían sin cesar, colaban la palabra en todas las conversaciones ("Acabo de ver a tu sobrino", "claro, vendría de hacer spinning", "mmm... ¡pero si tu sobrino tiene cuatro meses!..."), ganándose con todo merecimiento la admiración del profano. Ahora que la palabrita es casi tan conocida como Bollycao o Scalextric, ellos tienen que seguir justificando su sueldo. Y se inventan otra para transmitir lo mismo. Cosas de la vida.
Nos subimos a la bicicleta unas dos o tres semanas. O lo que es lo mismo, unas dos o tres veces. Hasta que reparamos en un importante detalle. Un día, Pablete me dijo: "oye tío... esto del spinning... cansa mucho, ¿no?", "¡Joooder! ¡¡Que si cansa!!". Las semanas siguientes buscamos la forma de escaquearnos. ¿Buscabais la forma?, exclamaréis sorprendidos, echando la cabeza hacia atrás y pegando la barbilla al esternón. Era tan sencillo como no entrar, y punto, ¿no? Pues no era tan sencillo, no, porque si en la clase éramos cuatro y la mitad hacía novillos, el bueno de Rei, de cierta propensión al escaqueo, veía el túnel que franqueaba su escapatoria, cual Andy Dufresne (pronúnciese Dufréin), y cancelaba la clase.
Inciso-2: ¿por qué lo llaman clase? ¿Qué enseñan? Alguien me dijo una vez que "se llama clase porque el monitor se pone de cara a los asistentes". Desde entonces llamo profesores a los camareros.
Y así comenzaron las comidas de los martes. Pablete y yo, que tenemos tan buen corazón, no sabíamos decir que no, y entrábamos una y otra vez a la dichosa salita a practicar ese desganado pedaleo que nos caracterizaba. ¿Y qué hicimos? Pensar. ¿Cuál es la forma más fácil de rehusar la invitación a la clase de spinning? Ésta es fácil: no estando presente cuando recibes la invitación. ¿Y qué mejor forma de no estar presente en un sitio? Estando presente en otro sitio (me acabo de lucir). ¿Y cuál es el sitio en el que mejor damos la talla? Pues está claro: comiendo y bebiendo, actividades en las que despuntamos sobremanera gracias a haber completado un meticuloso plan de entrenamiento progresivo, durante muchos años.
Terminamos por hoy. Ah, sí, se me olvidaba un detalle. Correr es muy caro. Pablete ha estado a punto de convencernos de que la práctica amateur del ciclismo es mucho más barata que salir a correr. Incluso ha sido capaz de razonarlo. Lo que no consiga la comida del martes...
martes, 25 de enero de 2011
lunes, 24 de enero de 2011
Sobre lunes y ciclos
Hoy es lunes, ¿verdad? Reina la apatía. Y con ella la dejadez, los gestos torcidos, la desidia, las pocas ganas de vivir.
Mañana y pasado, estaremos algo más integrados en la sociedad, en nuestro entorno. Tal vez incluso produzcamos algo.
El jueves nos levantaremos pensando "mañana es viernes", y empezaremos a sentir esa ansiedad que provoca la impaciencia.
Y de repente... ¡TACHANNN! Llega el viernes. Ese día en el que los dolores crónicos desaparecen, o se convierten en una caricatura de sí mismos. Hacemos planes. Somos felices. Se nos pasa el día de trabajo despacio, pero no nos importa. Mantenemos esa pánfila sonrisa en el rostro. Salimos de trabajar y disfrutamos muchísimo del fin de semana. Nos hartamos de alcohol, de comer, de reír, de fumar, de hacer planes de futuro. Disfrutamos de la vida. No queremos que el tiempo pase.
Y vuelta a empezar.
Volvemos a ese día llamado lunes en el que volvemos a escuchar las mismas cosas de las mismas personas en el mismo sitio y a la misma hora. A medida que nuestra edad aumenta, la imaginación se reduce. Nos dedicamos a repetir las mismas conversaciones, una y otra vez. "¿Qué? ¿Cómo vas?", "Pues de lunes", "Ya ves". De nuevo reina la apatía, la desidia, y todo aquello...
Y tal vez os estéis preguntando, ¿dónde quieres ir a parar, adorado bloguero? Pues el mensaje es sencillo. ¿Cómo the hell somos capaces de sobredimensionar tanto nuestras emociones? ¿Acaso el viernes cuando tan dichosos nos sentíamos no éramos conscientes de la proximidad de un nuevo lunes? Y cuando llega éste, ¿no somos capaces de hacernos cargo de la incuestionable finitud de la semana? Pues parece ser que no. Hay una frase muy repetida por los futbolistas (algún día analizaremos su siempre chispeante verborrea) que reza así: "ni somos tan buenos ahora, ni éramos tan malos antes". Generalmente, suelen decirla tras recibir cera y elogios, a partes iguales, en un corto espacio de tiempo.
Poco tienen que enseñarnos estos profesionales fuera del terreno de juego. Pero si somos capaces de metaforizar esta frase y aplicarnos al cuento, otro gallo nos cantará. ¡Salgamos el lunes de la cama con optimismo! Estamos vivos, nuestra vida está cargada de matices de los que enorgullecernos, en los que apoyarnos y con los que disfrutar.
Démonos cuenta de que el pesimismo no nos ayuda en nada. Los mecanismos de sobreprotección (me mentalizo de que todo me irá mal, y así el día que efectivamente me vaya mal no me llevo sorpresas) nos perjudican más que nos ayudan, pues transcurriremos por nuestros días cargados de malas sensaciones.
Aquellos que ya habéis rebasado la treintena, ¿tenéis la sensación de que los años avanzan ahora más rápido que antes? Seguro que incluso os cuesta creeros la edad que tenéis. Y todo viene por lo mismo: la mayor parte de los días de nuestra vida estamos deseando que pasen rápido.
Alguien dijo alguna vez que la vida es lo que pasa mientras esperamos que ocurra algo...
Mañana y pasado, estaremos algo más integrados en la sociedad, en nuestro entorno. Tal vez incluso produzcamos algo.
El jueves nos levantaremos pensando "mañana es viernes", y empezaremos a sentir esa ansiedad que provoca la impaciencia.
Y de repente... ¡TACHANNN! Llega el viernes. Ese día en el que los dolores crónicos desaparecen, o se convierten en una caricatura de sí mismos. Hacemos planes. Somos felices. Se nos pasa el día de trabajo despacio, pero no nos importa. Mantenemos esa pánfila sonrisa en el rostro. Salimos de trabajar y disfrutamos muchísimo del fin de semana. Nos hartamos de alcohol, de comer, de reír, de fumar, de hacer planes de futuro. Disfrutamos de la vida. No queremos que el tiempo pase.
Y vuelta a empezar.
Volvemos a ese día llamado lunes en el que volvemos a escuchar las mismas cosas de las mismas personas en el mismo sitio y a la misma hora. A medida que nuestra edad aumenta, la imaginación se reduce. Nos dedicamos a repetir las mismas conversaciones, una y otra vez. "¿Qué? ¿Cómo vas?", "Pues de lunes", "Ya ves". De nuevo reina la apatía, la desidia, y todo aquello...
Y tal vez os estéis preguntando, ¿dónde quieres ir a parar, adorado bloguero? Pues el mensaje es sencillo. ¿Cómo the hell somos capaces de sobredimensionar tanto nuestras emociones? ¿Acaso el viernes cuando tan dichosos nos sentíamos no éramos conscientes de la proximidad de un nuevo lunes? Y cuando llega éste, ¿no somos capaces de hacernos cargo de la incuestionable finitud de la semana? Pues parece ser que no. Hay una frase muy repetida por los futbolistas (algún día analizaremos su siempre chispeante verborrea) que reza así: "ni somos tan buenos ahora, ni éramos tan malos antes". Generalmente, suelen decirla tras recibir cera y elogios, a partes iguales, en un corto espacio de tiempo.
Poco tienen que enseñarnos estos profesionales fuera del terreno de juego. Pero si somos capaces de metaforizar esta frase y aplicarnos al cuento, otro gallo nos cantará. ¡Salgamos el lunes de la cama con optimismo! Estamos vivos, nuestra vida está cargada de matices de los que enorgullecernos, en los que apoyarnos y con los que disfrutar.
Démonos cuenta de que el pesimismo no nos ayuda en nada. Los mecanismos de sobreprotección (me mentalizo de que todo me irá mal, y así el día que efectivamente me vaya mal no me llevo sorpresas) nos perjudican más que nos ayudan, pues transcurriremos por nuestros días cargados de malas sensaciones.
Aquellos que ya habéis rebasado la treintena, ¿tenéis la sensación de que los años avanzan ahora más rápido que antes? Seguro que incluso os cuesta creeros la edad que tenéis. Y todo viene por lo mismo: la mayor parte de los días de nuestra vida estamos deseando que pasen rápido.
Alguien dijo alguna vez que la vida es lo que pasa mientras esperamos que ocurra algo...
domingo, 23 de enero de 2011
Mi primera carrera Chispas
Os acordáis del anuncio aquél, ¿no?
Como ayer os anticipé, hoy era la primera vez que hacía una carrera de orientación en solitario. Llevamos un par de años participando por parejas, pese a no existir esta modalidad. La organización de las pruebas te permite juntarte con otro corredor siempre y cuando te inscribas en una de las categorías abiertas: OPEN-ROJO, OPEN-AMARILLO u OPEN-NARANJA.
En estos años, nos hemos caracterizado por hacer un agradecido servicio a la comunidad: no permitimos que nadie quede último. Adivináis cómo, ¿verdad?
Hoy, no tenía claro qué ropa era la más adecuada. Si hubiera sido una carrera popular, la decisión habría sido sencilla: la ropa de correr. De haberse tratado de una prueba de orientación por la montaña, no habría dudado: mi habitual pantalón de chándal (que, por cierto, lo llevo cedido de la cintura; los cordones me proporcionan sujeción cero y, de vez en cuando, la gravedad hace su trabajo: noto un cierto frescor subir pantorrilla arriba, me tropiezo y me caigo; bueno, ya sabéis que soy un poco exagerado, pero os hacéis una idea) de montaña y mi clásica sudadera gris de los Sonics (equipo con el que no me une ningún vínculo sentimental o de otra índole: me la compré porque era de las más baratas de la tienda).
Al tratarse de una confusa mezcla entre carrera popular urbana y prueba de orientación montañera, no sabía qué hacer. Al final, he optado por las mallas de correr (I feel so sexy...) y dos mangas (en la parte del pescuezo), pues hacía un frío del carallo.
Y vaya si hacía frío, vive José Antonio Maldonado. Cuando he salido de la cama y recibido la internáutica noticia de que rondábamos los 0ºC he sabido que íbamos a cagar las plumas. Tenía tanto frío, que he estado a punto de irme en pijama. De hecho, ayer tenía tanto frío cuando fui a ponérmelo, que estuve a punto de acostarme con los vaqueros y el jersey que llevaba. La historia se repite, una y otra vez, con el frío como inoportuno protagonista; gracias a haber derrochado valentía y arrojo, día tras día, no he ido a participar en la prueba de orientación con el traje de la comunión.
La carrera ha estado muy bien. Creo que he cometido los típicos errores del principiante, especialmente en los primeros minutos, pues he tardado un ratito en ubicarme. Más mental que geográficamente. Una vez clarificada mi posición en el mapa, he encontrado la primera baliza con facilidad, así como las sucesivas... hasta que me he metido en el casco viejo de Molina y no sabía muy bien dónde estaba. He circulado como pollo sin cabeza (© Agustín) durante unos segundos (decenas) hasta que he conseguido orientarme. Es curioso, creo que me ha salvado la intuición. Y yo que creía que no tenía de eso.
Después, algún error más del que he salido bien airoso (sin ponerme nervioso y buscando algo significativo para reconducir mi camino), he llegado de nuevo al parque, lugar donde he vuelto a liarme buscando la 73 (número que nunca olvidaré) y finalmente he entrado en meta. He hecho un tiempo de unos 36 minutos.
A medida que me acercaba a la meta, iba pensando "¡vaya tiempazo voy a hacer!", "ganar, no ganaré, pero voy a estar ahí arriba fijo" y "bueno, ahora tendré que esperar un rato a que llegue Gema". Nada de eso .Cuando he entrado en meta, Agustín y Gema conversaban animadamente. Los dos habían llegado hacía rato. Pero lejos de llamarme lentorro y paquete (adjetivos de los que me consideraba acreedor), me han animado, pues decían que mi tiempo estaba bastante bien para ser la primera vez. La distancia a recorrer en mi categoría (H21B) era mayor que en la de Gema (D21B), por lo que el desfase en el crono estaba justificado. Estamos a la espera de ver la clasificación definitiva, para ver cómo de mal lo he hecho. Barrunto una meritoria última plaza. Penúltima, a lo sumo, pues no descarto que algún compañero se dejara llevar por las promesas de mejor clima de algún bar, o por su olor a panceta.
Un detalle simpático ha sido el claro desconocimiento de las reglas del juego, por parte de los lugareños. Los molinenses salían esta fría mañana a la calle para dar su paseo dominical y se encontraban decenas de jóvenes (y no tan jóvenes) correteando en mallas por sus calles, con un mapa en la mano. Y claro, les resultaba gracioso. Intentaban ayudar al corredor que, a juicio del lugareño, iba perdido, diciéndole "ahí detrás de la fuente hay una (baliza)", ajenos a que esa baliza que su sagacidad les había llevado a encontrar, con alta probabilidad estaba fuera del recorrido del corredor ayudado.
Del cocido frito de mi suegra, vianda degustada con fruición tras la prueba, hablaremos otro día.
¡Nos vemos!
Como ayer os anticipé, hoy era la primera vez que hacía una carrera de orientación en solitario. Llevamos un par de años participando por parejas, pese a no existir esta modalidad. La organización de las pruebas te permite juntarte con otro corredor siempre y cuando te inscribas en una de las categorías abiertas: OPEN-ROJO, OPEN-AMARILLO u OPEN-NARANJA.
En estos años, nos hemos caracterizado por hacer un agradecido servicio a la comunidad: no permitimos que nadie quede último. Adivináis cómo, ¿verdad?
Hoy, no tenía claro qué ropa era la más adecuada. Si hubiera sido una carrera popular, la decisión habría sido sencilla: la ropa de correr. De haberse tratado de una prueba de orientación por la montaña, no habría dudado: mi habitual pantalón de chándal (que, por cierto, lo llevo cedido de la cintura; los cordones me proporcionan sujeción cero y, de vez en cuando, la gravedad hace su trabajo: noto un cierto frescor subir pantorrilla arriba, me tropiezo y me caigo; bueno, ya sabéis que soy un poco exagerado, pero os hacéis una idea) de montaña y mi clásica sudadera gris de los Sonics (equipo con el que no me une ningún vínculo sentimental o de otra índole: me la compré porque era de las más baratas de la tienda).
Al tratarse de una confusa mezcla entre carrera popular urbana y prueba de orientación montañera, no sabía qué hacer. Al final, he optado por las mallas de correr (I feel so sexy...) y dos mangas (en la parte del pescuezo), pues hacía un frío del carallo.
Y vaya si hacía frío, vive José Antonio Maldonado. Cuando he salido de la cama y recibido la internáutica noticia de que rondábamos los 0ºC he sabido que íbamos a cagar las plumas. Tenía tanto frío, que he estado a punto de irme en pijama. De hecho, ayer tenía tanto frío cuando fui a ponérmelo, que estuve a punto de acostarme con los vaqueros y el jersey que llevaba. La historia se repite, una y otra vez, con el frío como inoportuno protagonista; gracias a haber derrochado valentía y arrojo, día tras día, no he ido a participar en la prueba de orientación con el traje de la comunión.
La carrera ha estado muy bien. Creo que he cometido los típicos errores del principiante, especialmente en los primeros minutos, pues he tardado un ratito en ubicarme. Más mental que geográficamente. Una vez clarificada mi posición en el mapa, he encontrado la primera baliza con facilidad, así como las sucesivas... hasta que me he metido en el casco viejo de Molina y no sabía muy bien dónde estaba. He circulado como pollo sin cabeza (© Agustín) durante unos segundos (decenas) hasta que he conseguido orientarme. Es curioso, creo que me ha salvado la intuición. Y yo que creía que no tenía de eso.
Después, algún error más del que he salido bien airoso (sin ponerme nervioso y buscando algo significativo para reconducir mi camino), he llegado de nuevo al parque, lugar donde he vuelto a liarme buscando la 73 (número que nunca olvidaré) y finalmente he entrado en meta. He hecho un tiempo de unos 36 minutos.
A medida que me acercaba a la meta, iba pensando "¡vaya tiempazo voy a hacer!", "ganar, no ganaré, pero voy a estar ahí arriba fijo" y "bueno, ahora tendré que esperar un rato a que llegue Gema". Nada de eso .Cuando he entrado en meta, Agustín y Gema conversaban animadamente. Los dos habían llegado hacía rato. Pero lejos de llamarme lentorro y paquete (adjetivos de los que me consideraba acreedor), me han animado, pues decían que mi tiempo estaba bastante bien para ser la primera vez. La distancia a recorrer en mi categoría (H21B) era mayor que en la de Gema (D21B), por lo que el desfase en el crono estaba justificado. Estamos a la espera de ver la clasificación definitiva, para ver cómo de mal lo he hecho. Barrunto una meritoria última plaza. Penúltima, a lo sumo, pues no descarto que algún compañero se dejara llevar por las promesas de mejor clima de algún bar, o por su olor a panceta.
Un detalle simpático ha sido el claro desconocimiento de las reglas del juego, por parte de los lugareños. Los molinenses salían esta fría mañana a la calle para dar su paseo dominical y se encontraban decenas de jóvenes (y no tan jóvenes) correteando en mallas por sus calles, con un mapa en la mano. Y claro, les resultaba gracioso. Intentaban ayudar al corredor que, a juicio del lugareño, iba perdido, diciéndole "ahí detrás de la fuente hay una (baliza)", ajenos a que esa baliza que su sagacidad les había llevado a encontrar, con alta probabilidad estaba fuera del recorrido del corredor ayudado.
Del cocido frito de mi suegra, vianda degustada con fruición tras la prueba, hablaremos otro día.
¡Nos vemos!
sábado, 22 de enero de 2011
Nuestra vinoteca habitual
Asistíamos en la mañana de hoy a la siempre enriquecedora disparidad de opiniones de la prensa: mientras aproximadamente un 50% de los columnistas celebraban con diferentes vitoreos nuestro artículo de ayer sobre el vino que tiene Asunción, la otra mitad criticaba con aspereza la ausencia de vinos blancos en el recorrido trazado por nuestra rica geografía vinícola. El dinamismo, una excelente línea argumental y la presencia de innumerables matices entre líneas, eran objeto de halago por parte de los críticos denominados positivistas. Por su parte, el sector de columnistas comúnmente conocidos como vinoblanquistas, apenas sí destacaban algo bueno, tal vez sólo apuntaban a "la muy correcta posición de las comas, que nos han ayudado a leer el texto sin ahogarnos".
La Editorial propietaria de El Blog de Juan Antonio S.A. informa a los vinoblanquistas y al público en general que ya está trabajando en la confección de un artículo que hará las delicias de los fanáticos de esos vinos amarillentos, tan habituales delante del plato de gambas.
Hoy ha sido buen día. Tras la limpieza, el estofado de ternera, ver un rato el partido del Arsenal y tomar un café por ahí, hemos ido a nuestra vinoteca habitual. Nunca habíamos pisado una vinoteca hasta el día en que un compañero del curso de cata de vinos (aquel que hicimos hace un par de años y del que tal vez algún día os hable) nos aconsejó un vino. Éste nos dijo que "el vino xxx es algo grandioso... preguntad por él en vuestra vinoteca habitual". Y, claro, en ese momento pones cara de higo chumbo y le dices "oh, sí, claro; preguntaré por él en una cualquiera de mis diecisiete vinotecas habituales". Que levante la mano el que tenga el Mercadona (o similar) como vinoteca habitual.
Desde aquel día, perseguimos con fervor el sueño de nuestra vida: tener nuestra vinoteca habitual. Y lo conseguimos.
El lugar en cuestión se encuentra en la Calle Saavedra Fajardo (de Murcia), a unos metros del Café del Sol. Se llama Enoteca Casa Rambla. Ahora que pienso, no recuerdo si el fulano aquel dijo vinoteca habitual o enoteca habitual. Da igual, ¿no?
Con las botellas de vino rigurosamente guardadas en una bolsita de plástico, hemos venido a casa a ver al Barça. Y, de nuevo, exhibición futbolística. Pese a sufrir durante unos diez minutos (los últimos cinco de la primera parte y los cinco primeros de la segunda mitad) la presión y alguna que otra ocasión del Racing, el resto del partido ha transcurrido tal y como le gusta a Pep y al barcelonismo. Tal y como nos tiene acostumbrados este equipo: porcentaje de posesión rayando el 100%, maestría con el balón en los pies, juego rápido, ideas claras. Da la impresión de ser un juego de ordenador en modo fácil: basta con pulsar el botón de pase para que el balón vaya directo a un compañero. Sin rodeos y sin posibilidad de perderlo. Impresionante.
Zanjando el tema futbolero, os dejo un enlace a un artículo que me ha gustado. Es difícil hoy en día encontrar columnistas que analicen el fútbol entrando en detalle a nivel táctico, con precisión y claridad. Los periodistas están totalmente abandonados a sus fines comerciales y sólo saben repetir, como loros, las declaraciones de Mourinho y compañía. Otro día podemos hablar de Mourinho. O no, ya veremos.
Y mañana arrancamos la temporada de Orientación. Estaremos en Molina de Segura, primera prueba del calendario. Una cita especial, pues es la primera vez que hacemos la carrera por separado (mi costillita y yo), y por primera vez con licencia federativa. Ya os contaré...
P.D.: Hemos comprado una botella de Viñas del Vero (Somontano) y un Ramón Bilbao (Rioja). Nos han dado a probar un vino del 2000 que no estaba mal, pero no lo hemos comprado porque era demasiado barato. Sospechoso que cueste 5 euros la botella siendo tan viejuno.
La Editorial propietaria de El Blog de Juan Antonio S.A. informa a los vinoblanquistas y al público en general que ya está trabajando en la confección de un artículo que hará las delicias de los fanáticos de esos vinos amarillentos, tan habituales delante del plato de gambas.
Hoy ha sido buen día. Tras la limpieza, el estofado de ternera, ver un rato el partido del Arsenal y tomar un café por ahí, hemos ido a nuestra vinoteca habitual. Nunca habíamos pisado una vinoteca hasta el día en que un compañero del curso de cata de vinos (aquel que hicimos hace un par de años y del que tal vez algún día os hable) nos aconsejó un vino. Éste nos dijo que "el vino xxx es algo grandioso... preguntad por él en vuestra vinoteca habitual". Y, claro, en ese momento pones cara de higo chumbo y le dices "oh, sí, claro; preguntaré por él en una cualquiera de mis diecisiete vinotecas habituales". Que levante la mano el que tenga el Mercadona (o similar) como vinoteca habitual.
Desde aquel día, perseguimos con fervor el sueño de nuestra vida: tener nuestra vinoteca habitual. Y lo conseguimos.
El lugar en cuestión se encuentra en la Calle Saavedra Fajardo (de Murcia), a unos metros del Café del Sol. Se llama Enoteca Casa Rambla. Ahora que pienso, no recuerdo si el fulano aquel dijo vinoteca habitual o enoteca habitual. Da igual, ¿no?
Con las botellas de vino rigurosamente guardadas en una bolsita de plástico, hemos venido a casa a ver al Barça. Y, de nuevo, exhibición futbolística. Pese a sufrir durante unos diez minutos (los últimos cinco de la primera parte y los cinco primeros de la segunda mitad) la presión y alguna que otra ocasión del Racing, el resto del partido ha transcurrido tal y como le gusta a Pep y al barcelonismo. Tal y como nos tiene acostumbrados este equipo: porcentaje de posesión rayando el 100%, maestría con el balón en los pies, juego rápido, ideas claras. Da la impresión de ser un juego de ordenador en modo fácil: basta con pulsar el botón de pase para que el balón vaya directo a un compañero. Sin rodeos y sin posibilidad de perderlo. Impresionante.
Zanjando el tema futbolero, os dejo un enlace a un artículo que me ha gustado. Es difícil hoy en día encontrar columnistas que analicen el fútbol entrando en detalle a nivel táctico, con precisión y claridad. Los periodistas están totalmente abandonados a sus fines comerciales y sólo saben repetir, como loros, las declaraciones de Mourinho y compañía. Otro día podemos hablar de Mourinho. O no, ya veremos.
Y mañana arrancamos la temporada de Orientación. Estaremos en Molina de Segura, primera prueba del calendario. Una cita especial, pues es la primera vez que hacemos la carrera por separado (mi costillita y yo), y por primera vez con licencia federativa. Ya os contaré...
P.D.: Hemos comprado una botella de Viñas del Vero (Somontano) y un Ramón Bilbao (Rioja). Nos han dado a probar un vino del 2000 que no estaba mal, pero no lo hemos comprado porque era demasiado barato. Sospechoso que cueste 5 euros la botella siendo tan viejuno.
viernes, 21 de enero de 2011
El vino de Asunción
Sirva esta primera línea para pedir disculpas a quien haya llegado aquí buscando vino paraguayo.
El cancionero popular español nos dejó este incomparable temazo, en el cual siempre he dudado si decía "el vino que tiene Asunción", "el vino que bebe Asunción" o "el vino que vende Asunción". Preguntado Google por tan crítico particular, el resultado (al 100% escrutado) es: 1) Vende, 6840 hits. 2) Tiene, 5310. 3) Bebe, 284. Lo cual nos lleva a descartar bebe como palabra correcta y a dudar entre vende y tiene. ¿Y ahora qué? ¿Marcamos vende? ¿Nos dejamos llevar por la intuición y decimos tiene? Uf, no sé qué hacer. A Carlos Sobera se le han acabado ya los chascarrillos y nos exige una respuesta inmediata. Allá vamos: "Yo creo que es tiene". "¿La marcamos?". "Sí". Acabamos de ganar 50 millones de euros. ¿O no?
Llega el viernes y, con él, una simpática tradición de religioso cumplimiento (salvo razones de causa mayor como calentársele a uno en exceso el morro en el Kennedy) que instauramos hace algunos meses, mi media naranja y yo: el vino de los viernes.
Es sencillo: llegada a su fin la extenuante semana de trabajo, nos reunimos para tomar un vino antes de cenar. En casa o por ahí, con irregular alternancia. Si es posible acompañarlo con un queso, jamón o aperitivos varios, mejor. Lo importante es degustar uno de los múltiples caldos que nos ofrecen los viñedos españoles, presentes a lo largo y ancho de nuestra geografía. Hablemos un poco de vinos.
Me autodefino como un gran amante del vino, a la vez que me siento representado por la archirrepetida frase: "yo no entiendo de vinos, pero sé el que me gusta y el que no me gusta". A medida que voy probando nuevos vinos, voy construyendo una opinión más consolidada sobre los que, a mi juicio, ofrecen una mejor calidad, consistencia y demás cualidades. Y reduzco mi léxico a los adjetivos es afrutado o cómo sabe a madera.
Las distintas regiones de España nos ofrecen vinos de lo más variado. Rioja y Ribera del Duero copan la mayor parte del terreno. No obstante, hay otras muchísimas regiones que, aún viéndose oscurecidas comercialmente por los dos gigantes, elaboran un producto de altísima calidad.
Un análisis somero de todas las regiones vinícolas españolas merecería un blog entero. He escogido para este artículo una de mis regiones predilectas: el Somontano. De baja producción anual condicionada por su reducida extensión, esta fría región del Pirineo oscense nos ofrece vinos que nada tienen que envidiar a los grandes.
Si tenéis oportunidad, os recomendaría que probarais cualquiera de los vinos de la Bodega Irius, caracterizada por ser una de las más avanzadas de Europa en lo que a métodos de producción se refiere. Tuvimos la oportunidad de visitarla hace algo más de un año y lo que vimos allí fue realmente sorprendente: no interviene la mano humana en prácticamente ningún momento del proceso productivo. Tanto la recolección de la uva como el trasvase del líquido entre barricas, entre otras tareas, son tareas asumidas íntegramente por robots, algo que contraviene con firmeza cualquier acción sindical, pero impresiona al ferviente amante de la tecnología. Para que veáis hasta dónde llegan los adelantos en este rinconcito de las afueras de Barbastro, tienen incluso conexión con un satélite encargado de determinar cuándo llega el momento óptimo para recolectar. El robot recibe la señal celestial y empieza a recoger los granitos de uva, uno a uno. Impresionante.
Pero no sólo de Irius vive el Somontano. Muy recomendable también el Mipanas. Un vino de muy limitada producción y excelente calidad que podéis comprar por Internet. Más sencillos de encontrar por el sur peninsular son Enate y Viñas del Vero. En definitiva, ¡atrévanse a experimentar y no se decepcionarán!
También podríamos hablar de los vinos murcianos, con Bullas, Yecla y Jumilla, como principales estiletes. Desterremos los viejos prejuicios de que los vinos de Jumilla rascan. No dejéis de probar marcas como Castillo de Luzón o Juan Gil.
Y, por hoy, lo dejamos aquí. Sed felices.
El cancionero popular español nos dejó este incomparable temazo, en el cual siempre he dudado si decía "el vino que tiene Asunción", "el vino que bebe Asunción" o "el vino que vende Asunción". Preguntado Google por tan crítico particular, el resultado (al 100% escrutado) es: 1) Vende, 6840 hits. 2) Tiene, 5310. 3) Bebe, 284. Lo cual nos lleva a descartar bebe como palabra correcta y a dudar entre vende y tiene. ¿Y ahora qué? ¿Marcamos vende? ¿Nos dejamos llevar por la intuición y decimos tiene? Uf, no sé qué hacer. A Carlos Sobera se le han acabado ya los chascarrillos y nos exige una respuesta inmediata. Allá vamos: "Yo creo que es tiene". "¿La marcamos?". "Sí". Acabamos de ganar 50 millones de euros. ¿O no?
Llega el viernes y, con él, una simpática tradición de religioso cumplimiento (salvo razones de causa mayor como calentársele a uno en exceso el morro en el Kennedy) que instauramos hace algunos meses, mi media naranja y yo: el vino de los viernes.
Es sencillo: llegada a su fin la extenuante semana de trabajo, nos reunimos para tomar un vino antes de cenar. En casa o por ahí, con irregular alternancia. Si es posible acompañarlo con un queso, jamón o aperitivos varios, mejor. Lo importante es degustar uno de los múltiples caldos que nos ofrecen los viñedos españoles, presentes a lo largo y ancho de nuestra geografía. Hablemos un poco de vinos.
Me autodefino como un gran amante del vino, a la vez que me siento representado por la archirrepetida frase: "yo no entiendo de vinos, pero sé el que me gusta y el que no me gusta". A medida que voy probando nuevos vinos, voy construyendo una opinión más consolidada sobre los que, a mi juicio, ofrecen una mejor calidad, consistencia y demás cualidades. Y reduzco mi léxico a los adjetivos es afrutado o cómo sabe a madera.
Las distintas regiones de España nos ofrecen vinos de lo más variado. Rioja y Ribera del Duero copan la mayor parte del terreno. No obstante, hay otras muchísimas regiones que, aún viéndose oscurecidas comercialmente por los dos gigantes, elaboran un producto de altísima calidad.
Un análisis somero de todas las regiones vinícolas españolas merecería un blog entero. He escogido para este artículo una de mis regiones predilectas: el Somontano. De baja producción anual condicionada por su reducida extensión, esta fría región del Pirineo oscense nos ofrece vinos que nada tienen que envidiar a los grandes.
Si tenéis oportunidad, os recomendaría que probarais cualquiera de los vinos de la Bodega Irius, caracterizada por ser una de las más avanzadas de Europa en lo que a métodos de producción se refiere. Tuvimos la oportunidad de visitarla hace algo más de un año y lo que vimos allí fue realmente sorprendente: no interviene la mano humana en prácticamente ningún momento del proceso productivo. Tanto la recolección de la uva como el trasvase del líquido entre barricas, entre otras tareas, son tareas asumidas íntegramente por robots, algo que contraviene con firmeza cualquier acción sindical, pero impresiona al ferviente amante de la tecnología. Para que veáis hasta dónde llegan los adelantos en este rinconcito de las afueras de Barbastro, tienen incluso conexión con un satélite encargado de determinar cuándo llega el momento óptimo para recolectar. El robot recibe la señal celestial y empieza a recoger los granitos de uva, uno a uno. Impresionante.
Pero no sólo de Irius vive el Somontano. Muy recomendable también el Mipanas. Un vino de muy limitada producción y excelente calidad que podéis comprar por Internet. Más sencillos de encontrar por el sur peninsular son Enate y Viñas del Vero. En definitiva, ¡atrévanse a experimentar y no se decepcionarán!
También podríamos hablar de los vinos murcianos, con Bullas, Yecla y Jumilla, como principales estiletes. Desterremos los viejos prejuicios de que los vinos de Jumilla rascan. No dejéis de probar marcas como Castillo de Luzón o Juan Gil.
Y, por hoy, lo dejamos aquí. Sed felices.
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