Continuando con mi deseo de compartir con vosotros los escasos conocimientos que poseo de este fantástico deporte que es la Orientación, hoy abrimos un nuevo capítulo: la modalidad Score.
A diferencia de la carrera en línea, en la que el mapa que te facilita la organización de la prueba tiene los puntos a visitar perfectamente unidos, en la carrera tipo Score el corredor puede recorrer las balizas en cualquier orden. Esta característica añade una cierta complejidad a la prueba, ya que no tienes que seguir un sendero preestablecido cual diligente borrego, sino que debes constituir tu propio trazado. Te hace pensar un poco más.
Tras decidir la ruta, las reglas del juego son exactamente las de cualquier prueba: tienes que pasar por todos los puntos. Una vez completada mi primera prueba con esta variante, concluyo que no es excesiva la dificultad que añade.
El mayor foco de complejidad en la modalidad Score procede de la deficiente documentación que tenemos a nuestra disposición. La mayoría de textos enfatizan la facultad del corredor para decidir el orden de los puntos, expresándolo más o menos así:
Score: dícese de la prueba de Orientación en la que el corredor debe recorrer todas las balizas colocadas por la Organización, siendo el corredor quien determina el orden de paso por las balizas.
El acento en la última frase, justificado a todas luces pues es esta característica y no otra la que singulariza esta variedad, ha provocado una alarmante cantidad de problemas a lo largo de los tiempos. La Federación Internacional de Orientación, con sede en Finlandia, está trabajando para reescribir la documentación, introduciendo en ella los matices necesarios para facilitar la tarea de los corredores, tan pródiga en errores. El borrador del nuevo texto, que será discutido y aprobado -o rechazado- en la próxima Asamblea General de la Federación, reza así:
Score: dícese de la prueba de Orientación en la que el corredor debe recorrer todas las balizas colocadas por la Organización, siendo el corredor quien determina el orden de paso por las balizas.
Los defensores de esta modificación aseguran que con el texto actual es lógico que actualmente se produzcan errores, ya que "el corredor va a lo suyo, y no podemos asumir que va a reparar en ese detalle, si no se lo explicitamos", justifica un portavoz de la Federación.
Para muestra, un (Jenson) Button: esta mañana, en la carrera de Pantano de Puentes, en Lorca, apenas un 15% de los corredores era capaz de completar el recorrido en su totalidad. La Federación Internacional espera llegar al 40% de éxito en próximas pruebas, una vez puestas en marcha las nuevas recomendaciones.
Aclaración sobre el 15% del párrafo anterior (para no salir en MalaPrensa): como en una misma prueba coexisten varias categorías y el recorrido es parcialmente diferente entre ellas, el cálculo del 15% lo efectuamos seleccionando a aquellas categorías en las que había que pasar por una baliza concreta (la 31), obviada de forma mayoritaria.
En lo personal, contento: séptimo puesto de entre treinta participantes, en mi primera prueba en solitario por el monte. Acudía con muchas reservas -acojonao- a esta cita, y salgo de ella muy satisfecho, pues he conseguido superar algunos de mis mayores miedos y, pese a haber hecho un tiempo de lo más modesto, estoy muy ilusionado para las próximas citas. Mi rodilla derecha no comparte todas estas alegrías: espero poder levantarme de la cama mañana.
domingo, 6 de febrero de 2011
sábado, 5 de febrero de 2011
¿Saldremos de la crisis económica?
Recientemente, en EBDJASA hablábamos sobre la profunda crisis que castiga con fiereza a una gran parte de los ciudadanos de este país. Y como nunca me ha gustado acometer la resolución de un problema si considero que existe otro subyacente sin la resolución del cual, no podemos resolver el principal, me negué a disertar sobre éste sin antes reflexionar sobre aquél.
En aquella entrada, mi mensaje era: sí, hay una crisis económica profunda, los números hablan por sí solos; pero el verdadero problema somos nosotros. Si no actuamos sobre nosotros mismos, estaremos toda la vida aplicando paños calientes en la herida. Y, no sé vosotros, pero yo prefiero ser operado a perennizar el antiinflamatorio.
Y dicho esto, ¿cómo actuamos sobre la crisis económica? Desde la experiencia/conocimiento económico, y el sentido común. De esto me sobra (no tengo abuela), pero de aquello carezco, al igual que la gran mayoría. A ti que eres programador informático: ¿te imaginas a un economista leyendo uno de tus programas y opinando sobre la construcción de tus bucles o la parametrización de tus funciones? O a ti que eres periodista: ¿te imaginas al mismo economista acusándote de abusar del oxímoron?
Pues lo hacemos todos continuamente. Opinamos de lo que no sabemos y, lo que es peor, creemos llevar razón. No estoy en contra de quien opina, al contrario, yo también me incluyo en ese "todos". La recolección selectiva de opiniones -más cualificadas o menos- produce una cosecha intelectual de lo más rica. No obstante, siempre me opondré a quien crea tener la solución a todos los problemas, tratándolos siempre desde el desconocimiento profundo y la siempre presente demagogia.
Algunos ejemplos son: "lo primero que hay que hacer es cargarse a todos los funcionarios que sobran, que son muchos". Quien asevera esto, ¿qué propone? ¿mandarlos a todos al paro sin remisión? ¿Incrementar las cifras negativas de desempleo a cambio de nada? Y otra perlita: "lo que hay que hacer es eliminar los gastos superfluos como, por ejemplo, las fiestas de los pueblos". Y yo me pregunto: si tengo un problema compuesto por otros treinta, ¿cuál debo resolver primero? ¿El que menos consecuencias desata su impopular resolución? ¿O aquél que más me acerca a mi objetivo global? Lo diré con un ejemplo: si tu economía empeora y te cuesta llegar a fin de mes, ¿el primer gasto a suprimir sería el periódico de los domingos?
Naturalmente, yo no tengo la solución. Entiendo que hay que buscar un conjunto de medidas que nos acerquen a la generación de empleo y a reducir el déficit. Y, para esto, no creo que debamos eliminar funcionarios, sino contratar más: construir un equipo fuerte, solvente, cualificado, motivado y capaz de aportar ideas. Gente que sea capaz de profundizar en la verdadera raíz del problema y atacarlo. Necesitamos inventar la figura del cirujano económico.
Este grupo trabajaría también en optimizar procesos: las Administraciones Públicas incurren continuamente en gastos que, con algunos ajustes sin demasiada repercusión, podrían ser mucho menos nocivos para las arcas. Estoy seguro de que se puede ahorrar mucho, sin demasiado trastorno.
Trabajemos a partir de ahí, que no es poco. Y busquemos nuevas formas de exportar lo que tenemos. Reinventémonos.
En aquella entrada, mi mensaje era: sí, hay una crisis económica profunda, los números hablan por sí solos; pero el verdadero problema somos nosotros. Si no actuamos sobre nosotros mismos, estaremos toda la vida aplicando paños calientes en la herida. Y, no sé vosotros, pero yo prefiero ser operado a perennizar el antiinflamatorio.
Y dicho esto, ¿cómo actuamos sobre la crisis económica? Desde la experiencia/conocimiento económico, y el sentido común. De esto me sobra (no tengo abuela), pero de aquello carezco, al igual que la gran mayoría. A ti que eres programador informático: ¿te imaginas a un economista leyendo uno de tus programas y opinando sobre la construcción de tus bucles o la parametrización de tus funciones? O a ti que eres periodista: ¿te imaginas al mismo economista acusándote de abusar del oxímoron?
Pues lo hacemos todos continuamente. Opinamos de lo que no sabemos y, lo que es peor, creemos llevar razón. No estoy en contra de quien opina, al contrario, yo también me incluyo en ese "todos". La recolección selectiva de opiniones -más cualificadas o menos- produce una cosecha intelectual de lo más rica. No obstante, siempre me opondré a quien crea tener la solución a todos los problemas, tratándolos siempre desde el desconocimiento profundo y la siempre presente demagogia.
Algunos ejemplos son: "lo primero que hay que hacer es cargarse a todos los funcionarios que sobran, que son muchos". Quien asevera esto, ¿qué propone? ¿mandarlos a todos al paro sin remisión? ¿Incrementar las cifras negativas de desempleo a cambio de nada? Y otra perlita: "lo que hay que hacer es eliminar los gastos superfluos como, por ejemplo, las fiestas de los pueblos". Y yo me pregunto: si tengo un problema compuesto por otros treinta, ¿cuál debo resolver primero? ¿El que menos consecuencias desata su impopular resolución? ¿O aquél que más me acerca a mi objetivo global? Lo diré con un ejemplo: si tu economía empeora y te cuesta llegar a fin de mes, ¿el primer gasto a suprimir sería el periódico de los domingos?
Naturalmente, yo no tengo la solución. Entiendo que hay que buscar un conjunto de medidas que nos acerquen a la generación de empleo y a reducir el déficit. Y, para esto, no creo que debamos eliminar funcionarios, sino contratar más: construir un equipo fuerte, solvente, cualificado, motivado y capaz de aportar ideas. Gente que sea capaz de profundizar en la verdadera raíz del problema y atacarlo. Necesitamos inventar la figura del cirujano económico.
Este grupo trabajaría también en optimizar procesos: las Administraciones Públicas incurren continuamente en gastos que, con algunos ajustes sin demasiada repercusión, podrían ser mucho menos nocivos para las arcas. Estoy seguro de que se puede ahorrar mucho, sin demasiado trastorno.
Trabajemos a partir de ahí, que no es poco. Y busquemos nuevas formas de exportar lo que tenemos. Reinventémonos.
jueves, 3 de febrero de 2011
Los comentaristas y las reglas del juego
¿En qué condiciones de insalubridad creéis que puede encontrarse un ser humano para comerse una ensalada, un plato de queso parmesano, una abundante ración de macarrones con verduras y atún (con su buena capa de queso gratinado encima), y después ponerse a comer pan solo mientras espera una hamburguesa? Este desorden alimenticio sólo puede estar asociado a quien ha pasado un mes sin comer o al que hace del bocadillo de panceta a las tres de la madrugada su bandera. Si añadimos que ha tardado siete segundos en engullir un postre y medio, el ejercicio se complica. Sobrino, eres mi héroe.
Esta tarde, mientras veía el primer partido de cuartos de final de la Copa de España de Fútbol-Sala me afloraban dos reflexiones de esas que no cambiarán el mundo:
Intentemos elaborar una tipificación de comentaristas, válida para cualquier deporte:
Sigo palpando en ellos ese tonillo que suele caracterizar a los comentaristas de fútbol-sala, que parecen encarar las retransmisiones con la filosofía de "vengo estresado de comentar fútbol (sean partidos en directo o tertulias), y aquí, como esto no lo ve nadie, puedo relajarme y decir lo que me plazca...". Así fueron Luis Fernández y Rafael Recio, y así veo a estos dos. Tal vez sea obsesión mía, no sé.
En cualquier caso, aplaudo la apuesta de Marca TV por el fútbol-sala, emitiendo un partido de liga semanal y ahora la Copa de España. También agradezco a Luis Fernández y a Rafael Recio las palabras de cariño que siempre tuvieron con este deporte. Y, ya que estamos, aprovecho para mandar un abrazo al gran Eduardo Navarrete, que afirmaba conocerme desde que yo era un crío, cuando empezaba en esto del fútbol-sala.
Todos los clubes tuvimos nuestras reservas, al igual que con tantas y tantas reglas que se han ido introduciendo en los últimos años y que, pese a no satisfacer a nadie, incomprensiblemente siguen adelante. Un ejemplo claro es el saque de banda y córner con el pie. Tremendo.
El portero-jugador es algo que muy pocos equipos hacen bien. Y lo saben. Sólo he visto hacerlo realmente bien a ElPozo de Duda, remontando resultados adversos. El resto, se limitan a perder treinta segundos moviendo el balón entre el mencionado portero-jugador y su compañero situado en el ala izquierda o derecha. Tras medio minuto perdido, buscan sorprender con un balón rápido al primer o segundo palo que casi siempre es interceptado por la zaga rival, quien rápidamente tira de portería a portería y ... ¡huy! A la segunda, otro ¡huy!, y a la tercera, ¡gol!. Ibas perdiendo 3-2 faltando tres minutos y te vas a casa 6-2.
Se remontaban más partidos antes de que existiera la regla. Antes, perdías por un gol faltando cuatro minutos, y luchabas hasta el final, obteniendo réditos en no pocas ocasiones. Ahora, si pierdes 4-3 faltando cuatro minutos, el marcador reflejará un 6-3 faltando tres.
Y os preguntaréis: si tan malo es, ¿por qué los entrenadores apuestan por ello en los minutos clave del partido? Yo tampoco lo entiendo...
Hoy, Manacor ha acabado perdiendo 6-0. Tal vez podría haber sido diferente sin portero-jugador.
Esta tarde, mientras veía el primer partido de cuartos de final de la Copa de España de Fútbol-Sala me afloraban dos reflexiones de esas que no cambiarán el mundo:
Detesto a los comentaristas graciosillos
Intentemos elaborar una tipificación de comentaristas, válida para cualquier deporte:
- El soso. Sobrio, sin concesiones. Se limita a decir quién lleva el balón (en el caso del tenis sólo diría: "quince-treinta" o "en la línea"). Estilo en desuso, especialmente tras la jubilación de José Angel de la Casa. Todo un estandarte fue Héctor Quiroga.
- El graciosillo. Larguísima lista. Generalmente suelen tener muy poca gracia y parecen no darse cuenta.
- El soso que intenta ser graciosillo. Siempre fue soso, pero tras ponerle al lado a un comentarista especializado (por ejemplo, Corretja) que le suele vacilar, intenta espabilar y añadir sus propios chascarrillos (su lema es: "hey, yo también puedo ser guay!").
- El revolucionario. Me vienen a la cabeza dos nombres: Ramón Trecet y el malogrado Andrés Montes. O les adoras, o les odias. Se caracterizan por haber implantado un estilo propio, muy dificil de imitar.
- El soso que intenta ser graciosillo y vive a la sombra de un revolucionario al que quisiera imitar. Por ejemplo, el comentarista de La Sexta, Antonio Esteva. Estar a la sombra de un revolucionario siempre es difícil. Cuando empezó este chico, no parecía tener muy claro si tenía que usar los mismos apodos de Montes. Ahora que es él mismo, lo hace mejor.
Sigo palpando en ellos ese tonillo que suele caracterizar a los comentaristas de fútbol-sala, que parecen encarar las retransmisiones con la filosofía de "vengo estresado de comentar fútbol (sean partidos en directo o tertulias), y aquí, como esto no lo ve nadie, puedo relajarme y decir lo que me plazca...". Así fueron Luis Fernández y Rafael Recio, y así veo a estos dos. Tal vez sea obsesión mía, no sé.
En cualquier caso, aplaudo la apuesta de Marca TV por el fútbol-sala, emitiendo un partido de liga semanal y ahora la Copa de España. También agradezco a Luis Fernández y a Rafael Recio las palabras de cariño que siempre tuvieron con este deporte. Y, ya que estamos, aprovecho para mandar un abrazo al gran Eduardo Navarrete, que afirmaba conocerme desde que yo era un crío, cuando empezaba en esto del fútbol-sala.
Detesto la regla del portero-jugador
Todos los clubes tuvimos nuestras reservas, al igual que con tantas y tantas reglas que se han ido introduciendo en los últimos años y que, pese a no satisfacer a nadie, incomprensiblemente siguen adelante. Un ejemplo claro es el saque de banda y córner con el pie. Tremendo.
El portero-jugador es algo que muy pocos equipos hacen bien. Y lo saben. Sólo he visto hacerlo realmente bien a ElPozo de Duda, remontando resultados adversos. El resto, se limitan a perder treinta segundos moviendo el balón entre el mencionado portero-jugador y su compañero situado en el ala izquierda o derecha. Tras medio minuto perdido, buscan sorprender con un balón rápido al primer o segundo palo que casi siempre es interceptado por la zaga rival, quien rápidamente tira de portería a portería y ... ¡huy! A la segunda, otro ¡huy!, y a la tercera, ¡gol!. Ibas perdiendo 3-2 faltando tres minutos y te vas a casa 6-2.
Se remontaban más partidos antes de que existiera la regla. Antes, perdías por un gol faltando cuatro minutos, y luchabas hasta el final, obteniendo réditos en no pocas ocasiones. Ahora, si pierdes 4-3 faltando cuatro minutos, el marcador reflejará un 6-3 faltando tres.
Y os preguntaréis: si tan malo es, ¿por qué los entrenadores apuestan por ello en los minutos clave del partido? Yo tampoco lo entiendo...
Hoy, Manacor ha acabado perdiendo 6-0. Tal vez podría haber sido diferente sin portero-jugador.
miércoles, 2 de febrero de 2011
¿Saldremos de la crisis? ¿De cuál de ellas?
He recibido diversos comentarios y mensajes preguntándome por el sueño que os conté en mi última entrada. Coincidís todos en la creencia de que se trataba de un sueño real. No, nunca soñé eso. Fue una mentira (o relato de ficción) que fui inventando sobre la marcha.
En otro orden de cosas, cada vez estoy más convencido de que, en España, nunca saldremos de la crisis. Y, tras buscar la definición de la palabra, cada vez tengo menos dudas. Al parecer, el matiz clave en la palabra crisis, la letra pequeña dentro de la propia palabra, es su carácter sobrevenido, puntual, como actor secundario en la cíclica secuencia de la existencia: partimos de que las cosas van bien, después viene una crisis (puntual), se resuelve (con mayor o menor demora), volvemos a la normalidad, vuelve otra crisis, y así sucesivamente hasta que se cumplan las predicciones científicas de los documentales del Canal de Historia, y reviente la Tierra como el Lagarto de Jaén.
Comprendida esta definición, pondero que nuestro país nunca saldrá de la crisis, sencillamente porque (aunque es obvio que la situación económica es mala), nuestro verdadero problema no es una crisis. En realidad, adolecemos de un mal endémico del que difícilmente seremos capaces, a largo plazo, de curarnos. ¿Y cuál es ese mal? Sin ir más lejos, nuestra forma de ser; nuestra forma de pensar, de vivir, de mirarnos a nosotros mismos y a los que nos rodean.
Muchas cosas tienen que ocurrir para que dejemos de ser ese país de charanga y pandereta. Ese país que, al europeo medio, le provoca una sonrisa escuchar su nombre. "Oh, España, los toros, la fiesta, la siesta, paella...". ¿Acaso cuando pensáis en Alemania lo primero que os viene a la cabeza son las salchichas Frankfurt y la cerveza? Dúdolo...
Y no paramos de quejarnos. Y no dejamos de culpar al gobierno de turno de todos nuestros males. Coyunturalmente, al estar la izquierda en el poder, las quejas se hacen más unánimes, parece que todo va peor, al ser éste un país abiertamente girado a la derecha. Pero todo sigue igual.
Porque somos capaces de, en la misma conversación, protestar por lo mal que lo está haciendo ZP con la economía y, a continuación, interesarnos por si alguno de esos pisitos está todavía sin vender, "no es que yo quiera cambiarme de casa... es por invertir...".
Porque todos queremos ser funcionarios: "tío, eso sí que es vida... trabajar de ocho a tres, no dar palo al agua...".
Porque siempre tenemos presente aquello de "si los demás lo hacen, no voy a ser yo el más tonto...", construyendo unos índices de economía sumergida que asustarían si fuéramos capaces de sondear los fondos marinos. Una vez más, en la misma conversación, diremos "hay que ver, qué mal ha gestionado las arcas públicas ZP...", y a continuación "...sí, yo tengo algunos conocidos a los que hago chapucillas y me saco un sobresueldo". No entiendo nada.
Para colmo, desde algunos sectores se juzga negativamente el éxodo de españoles a Alemania, iniciado tras el llamamiento del gobierno de Merkel a jóvenes cualificados en paro. Nos lamentaremos: "...qué mal está todo; llevo muchos meses sin encontrar trabajo...", y unos minutos después: "... aaaay, yo no me voy de España, que aquí se vive muy bien... y tener que aprender idiomas, ¡quita!, ¡quita!".
Cuando un país se sostiene con palicos y cañicas como el nuestro, el aleteo de una mariposa en Chile nos coloca a la deriva. Y cuando los demás avistan tierra, nosotros estamos de cañas y tapas en alta mar.
Mientras tanto, el líder de la oposición pone sus cartas boca arriba y nos explica cómo rescatará al país: privatizando todo lo privatizable (se esperaba), y desatando una nueva burbuja inmobiliaria. Nos echamos las manos a la cabeza, ¿verdad? ¿No hemos aprendido nada de esta crisis? Tal vez sí. Tal vez hemos aprendido que no tenemos solución y habremos de vivir a base de burbujas. Hasta que el Lagarto encienda la mecha.
En otro orden de cosas, cada vez estoy más convencido de que, en España, nunca saldremos de la crisis. Y, tras buscar la definición de la palabra, cada vez tengo menos dudas. Al parecer, el matiz clave en la palabra crisis, la letra pequeña dentro de la propia palabra, es su carácter sobrevenido, puntual, como actor secundario en la cíclica secuencia de la existencia: partimos de que las cosas van bien, después viene una crisis (puntual), se resuelve (con mayor o menor demora), volvemos a la normalidad, vuelve otra crisis, y así sucesivamente hasta que se cumplan las predicciones científicas de los documentales del Canal de Historia, y reviente la Tierra como el Lagarto de Jaén.
Comprendida esta definición, pondero que nuestro país nunca saldrá de la crisis, sencillamente porque (aunque es obvio que la situación económica es mala), nuestro verdadero problema no es una crisis. En realidad, adolecemos de un mal endémico del que difícilmente seremos capaces, a largo plazo, de curarnos. ¿Y cuál es ese mal? Sin ir más lejos, nuestra forma de ser; nuestra forma de pensar, de vivir, de mirarnos a nosotros mismos y a los que nos rodean.
Muchas cosas tienen que ocurrir para que dejemos de ser ese país de charanga y pandereta. Ese país que, al europeo medio, le provoca una sonrisa escuchar su nombre. "Oh, España, los toros, la fiesta, la siesta, paella...". ¿Acaso cuando pensáis en Alemania lo primero que os viene a la cabeza son las salchichas Frankfurt y la cerveza? Dúdolo...
Y no paramos de quejarnos. Y no dejamos de culpar al gobierno de turno de todos nuestros males. Coyunturalmente, al estar la izquierda en el poder, las quejas se hacen más unánimes, parece que todo va peor, al ser éste un país abiertamente girado a la derecha. Pero todo sigue igual.
Porque somos capaces de, en la misma conversación, protestar por lo mal que lo está haciendo ZP con la economía y, a continuación, interesarnos por si alguno de esos pisitos está todavía sin vender, "no es que yo quiera cambiarme de casa... es por invertir...".
Porque todos queremos ser funcionarios: "tío, eso sí que es vida... trabajar de ocho a tres, no dar palo al agua...".
Porque siempre tenemos presente aquello de "si los demás lo hacen, no voy a ser yo el más tonto...", construyendo unos índices de economía sumergida que asustarían si fuéramos capaces de sondear los fondos marinos. Una vez más, en la misma conversación, diremos "hay que ver, qué mal ha gestionado las arcas públicas ZP...", y a continuación "...sí, yo tengo algunos conocidos a los que hago chapucillas y me saco un sobresueldo". No entiendo nada.
Para colmo, desde algunos sectores se juzga negativamente el éxodo de españoles a Alemania, iniciado tras el llamamiento del gobierno de Merkel a jóvenes cualificados en paro. Nos lamentaremos: "...qué mal está todo; llevo muchos meses sin encontrar trabajo...", y unos minutos después: "... aaaay, yo no me voy de España, que aquí se vive muy bien... y tener que aprender idiomas, ¡quita!, ¡quita!".
Cuando un país se sostiene con palicos y cañicas como el nuestro, el aleteo de una mariposa en Chile nos coloca a la deriva. Y cuando los demás avistan tierra, nosotros estamos de cañas y tapas en alta mar.
Mientras tanto, el líder de la oposición pone sus cartas boca arriba y nos explica cómo rescatará al país: privatizando todo lo privatizable (se esperaba), y desatando una nueva burbuja inmobiliaria. Nos echamos las manos a la cabeza, ¿verdad? ¿No hemos aprendido nada de esta crisis? Tal vez sí. Tal vez hemos aprendido que no tenemos solución y habremos de vivir a base de burbujas. Hasta que el Lagarto encienda la mecha.
martes, 1 de febrero de 2011
De viaje
Era temprano. Muy temprano. Y hacía mucho calor. A esas horas ya superábamos los 30ºC. Me desperté nervioso y sudando, como es preceptivo en estas ocasiones en las que aguarda lo inesperado. Cuando no sabemos qué nos va a deparar el futuro. Nos despertamos y vemos la maleta ahí al lado, abierta y casi llena, esperando recibir los últimos objetos y escuchar el silbido característico de la cremallera que la rodea.
El camino al aeropuerto no era largo, podíamos ir andando. ¿Cuántos vivís en ciudades cuyo aeropuerto está en el centro? Tal vez el estruendoso ruido era un grave inconveniente, pero yo no solía escuchar ni una mosca. Quizá me estaba quedando sordo.
Rehén de la ansiedad, no era capaz de estar un momento quieto mientras esperábamos nuestro turno para embarcar. Me esperaba un nuevo trabajo, una nueva vida. Y no sólo a mí, pues mi aventurero traslado acarreaba la mudanza familiar al completo. Arriesgábamos, sí, pero no teníamos nada que perder. La puta crisis estaba acabando con todos y nuestro país se desertizaba progresivamente: la vegetación y las personas se volatilizaban a partes iguales.
El idioma era lo que más me atormentaba. Y también el arquetípico carácter alemán. Su sobriedad, su imperturbabilidad. Sentía que mi condición de español iba a condicionar, en grado sumo, el trato que iba a recibir.
Me dediqué durante todo el vuelo a practicar alemán con las azafatas y con todo aquel pasajero que midiera más de 1,80 y/o fuera rubio. En caso extremo, cualquier incauto de procedencia aleatoria que me cruzara la mirada era pasto de mis llamas dialécticas. Cuando me veía acorralado y no era capaz de expresarme con claridad, cambiaba de idioma, haciendo uso del inglés, francés, italiano, portugués o ruso. Todos ellos los dominaba con maestría.
Alcanzada la velocidad de crucero, el clamor popular de los pasajeros solicitaba al piloto (Manolo) que pusiera Goles, el programa de Pedro Pablo Parrado. Y durante la siguiente media hora fuimos entretenidos con la previa del Sevilla - Real Madrid, partido que inauguraría la primera jornada del Campeonato Nacional de Liga.
Nos sirvieron la cena: completísima ensalada con tomate, lechuga, maíz, jamón york, salchicha frankfurt (para irnos aclimatando), pimientos de Padrón, huevo cocido, atún, palmito, alcaparras y queso fresco. Para beber, jarras de cerveza de 750ml., servidas por las azafatas que se habían vestido para la ocasión.
El característico sonido telegráfico que suele acompañar a la narración del gol, puso en alerta a la totalidad del pasaje. ¿Se adelantaba el Sevilla? ¿Era el Madrid quien marcaba? Minutos después, seguía la musiquilla y manteníamos la incógnita.
En mis siguientes recuerdos, desaparecían los pasajeros, las azafatas y Manolo. Notaba una gruesa sábana que me daba calor. La sábana era arropada por una manta y ésta a su vez por más mantas.
Pulsé el botoncito largo y se detuvo el aviso de gol. Abrí los ojos. Recordé con nostalgia a Parrado y me invadió una profunda desazón. Pese al miedo y la angustia, mi subconsciente soñaba con un cambio de vida y empezaba a sentir curiosidad. Necesitaba saber dónde acababa todo aquello. Mañana habrá otra noche. Espero volver donde lo dejé.
Al menos, espero que terminemos de oír el partido.
El camino al aeropuerto no era largo, podíamos ir andando. ¿Cuántos vivís en ciudades cuyo aeropuerto está en el centro? Tal vez el estruendoso ruido era un grave inconveniente, pero yo no solía escuchar ni una mosca. Quizá me estaba quedando sordo.
Rehén de la ansiedad, no era capaz de estar un momento quieto mientras esperábamos nuestro turno para embarcar. Me esperaba un nuevo trabajo, una nueva vida. Y no sólo a mí, pues mi aventurero traslado acarreaba la mudanza familiar al completo. Arriesgábamos, sí, pero no teníamos nada que perder. La puta crisis estaba acabando con todos y nuestro país se desertizaba progresivamente: la vegetación y las personas se volatilizaban a partes iguales.
El idioma era lo que más me atormentaba. Y también el arquetípico carácter alemán. Su sobriedad, su imperturbabilidad. Sentía que mi condición de español iba a condicionar, en grado sumo, el trato que iba a recibir.
Me dediqué durante todo el vuelo a practicar alemán con las azafatas y con todo aquel pasajero que midiera más de 1,80 y/o fuera rubio. En caso extremo, cualquier incauto de procedencia aleatoria que me cruzara la mirada era pasto de mis llamas dialécticas. Cuando me veía acorralado y no era capaz de expresarme con claridad, cambiaba de idioma, haciendo uso del inglés, francés, italiano, portugués o ruso. Todos ellos los dominaba con maestría.
Alcanzada la velocidad de crucero, el clamor popular de los pasajeros solicitaba al piloto (Manolo) que pusiera Goles, el programa de Pedro Pablo Parrado. Y durante la siguiente media hora fuimos entretenidos con la previa del Sevilla - Real Madrid, partido que inauguraría la primera jornada del Campeonato Nacional de Liga.
Nos sirvieron la cena: completísima ensalada con tomate, lechuga, maíz, jamón york, salchicha frankfurt (para irnos aclimatando), pimientos de Padrón, huevo cocido, atún, palmito, alcaparras y queso fresco. Para beber, jarras de cerveza de 750ml., servidas por las azafatas que se habían vestido para la ocasión.
El característico sonido telegráfico que suele acompañar a la narración del gol, puso en alerta a la totalidad del pasaje. ¿Se adelantaba el Sevilla? ¿Era el Madrid quien marcaba? Minutos después, seguía la musiquilla y manteníamos la incógnita.
En mis siguientes recuerdos, desaparecían los pasajeros, las azafatas y Manolo. Notaba una gruesa sábana que me daba calor. La sábana era arropada por una manta y ésta a su vez por más mantas.
Pulsé el botoncito largo y se detuvo el aviso de gol. Abrí los ojos. Recordé con nostalgia a Parrado y me invadió una profunda desazón. Pese al miedo y la angustia, mi subconsciente soñaba con un cambio de vida y empezaba a sentir curiosidad. Necesitaba saber dónde acababa todo aquello. Mañana habrá otra noche. Espero volver donde lo dejé.
Al menos, espero que terminemos de oír el partido.
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