viernes, 16 de diciembre de 2011

Nuevas experiencias

Hoy, como cada año, asistiré a la tradicional comida navideña con mis compañeros y amigos del alma. Sin excepción, esta cita se presenta periódicamente en forma de maratón de carcajadas, comida, alcohol y buen rollo.  Hoy, por tanto, no iré a la piscina. El miércoles tampoco fui, con el fin de acelerar el proceso de curación de un catarro que ponía en jaque mi presencia en el evento de hoy. Sigo resfriado, pero creo que aguantaré el tirón. Hang in there, baby!



Estas ausencias en la piscina, nevertheless,  me las puedo permitir con menores cargos de conciencia que un mes ha. Puedo hacer novillos -o, como dirían por la meseta aquellos que implementan con germánica precisión la lingüística española con perlas como el sile y el nole, hacer pellas- un par de días y no pasa nada. Mis logros están intactos, y mi progresión ascendente continúa con vertiginosa proyección.

Pero no ha sido un camino de rosas.

El primer día, me presentaba allí con ciertas reservas. Nunca en mi vida había hecho natación, salvo cuando en mi adolescencia ejecutaba con suma torpeza aquellos largos de cuatro o cinco metros en la balsa (*) de mi Tío Pepe (el de El Globo, no confundir con mi Tío Pepe el de la caseta de los caracoles). Aguantaba a flote y movía los brazos imitando a mis primos. Ahora he descubierto que nunca lo hice bien. Lo que yo hacía se parecía menos a nadar que capar seis grillos con unas tenazas.

Así las cosas, sin haber tenido maestro que me enseñara a nadar antes que a hablar como a tantos otros, he deambulado por la vida durante más de treinta años evitando cualquier actividad que implicara inmersión en más de metro y medio de agua. La pregunta de "¿por qué no vamos a un parque acuático mañana?", siempre fue contestada por mí con un rotundo "¿por qué no te andás a la concha de tu hermana, boludo?".

Hasta que mis dolencias de espalda (o de rabadilla) han aconsejado que practicara la natación de forma regular, no he dado el paso de aprender a nadar de verdad. Me he visto obligado a superar todos mis miedos, diciéndole al mundo: "sí, aquí me tenéis, tengo treinta y cuatro años y apenas sé nadar".

Y no me arrepiento.

Me apunté a la piscina cuando ya había transcurrido un mes y medio desde el inicio del curso. Eso complicaba aún más las cosas, pensé, pues el resto de compis se conocerían ya entre ellos y seguro que ya eran unos aventajados de mierda, que contribuirían a poner mis carencias aún más en evidencia. Pero no fue así. Me encontré con tres señoras con edades ranging entre 45 y 65, que llevaban ya tres años asistiendo al curso de iniciación porque les gustaba. Y punto. Sin prisas de ningún tipo. Las tías nadaban realmente bien. Pero me animaban y me lo hacían todo más fácil.

El primer gran escollo fue el tema del atuendo. Como mi querida Gema es una nadadora de tomo y lomo, que ya se nada la tía ochocientos cincuenta largos en media hora y con un estilo que para sí quisiera la Gemma Mengual esa, pudo prestarme unas gafas viejas rayadas que ya no usa. Porque claro, en natación hay que usar gafas, pero las mías no valen. Y las que me prestó mi querida Gema, como es lógico, no están graduadas. Esto añadió un nuevo ingrediente a la situación: me planto allí, en un sitio que no conozco, a hacer una actividad que no sé hacer -lo cual en cierto modo me avergonzaba reconocer- y encima sin las gafas graduadas que me permiten ver la vida cada día como si estuviera sobrio.

Rápidamente descubrí que la diferencia principal entre el famoso burro del garaje (**) y yo, es que el burro del garaje no ha tenido que dejar sus gafas en la taquilla. Cuando abren la puerta del garaje y ve la luz, sale echando hostias. Pero yo tenía que encontrar la salida del vestuario sin mis gafas de visión diurna. Cuando estuve a cuarenta centímetros de una puerta con un cartel que decía "ENTRADA PISCINA", supe que mi primer calvario había terminado.

Y ahí estaba yo, sin ver un capullo y sin saber dónde tenía que ir. Sólo veía gente nadando y andando por fuera de la piscina -no a la vez, obviamente. Tras preguntar a una señora que deambulaba por ahí con peto naranja brillante fosforito -¡Gracias a Dios! ¡Alguien ha pensado en los cegarrutos!-, logré localizar a mi monitor, un muchacho joven que me preguntó qué sabía hacer y me puso a nadar de inmediato.

Yo empecé a moverme en el agua, avanzando como buenamente podía. Y avanzar, avanzaba, porque no olvidemos que los movimientos básicos siempre supe llevarlos a cabo. Pero iba muy lento, me agobiaba, y tragaba ingentes cantidades de agua por diversos orificios. Mi monitor detectó con suma perspicacia mis limitaciones, y paulatinamente fue añadiendo elementos artificiales a mi anatomía hasta que me convertí en Mister Potato: un cinturón que hacía de flotador, unas aletas, un churro, una tabla. Me sentía Robocop o el hombre orquesta.

Debí hacer mal todo lo que me iba mandando porque, llegada la recta final de la clase, me encomendó la complicadísima tarea de andar por el agua. ¿Por la superficie?, pensé. No, se refería a andar por el suelo, por donde no cubría. Yo andaba y preguntaba "¿pero así? ¿Andar y ya está?". "Sí, sí, para que cojas soltura", decía mirando rápidamente hacia otro lado. Supongo que era como cuando ves un accidente y no quieres mirar. Mi silueta deslizándose por el agua debía causarle algo parecido a las náuseas.

Desde aquel día, como os decía al principio, mis progresos han sido magníficos. Mis compañeros -a las tres mujeres iniciales posteriormente se añadió un señor denominado Juan- me dicen que voy mucho mejor que al principio. Ya nado sin prácticamente ninguna ayuda artificial y, aunque cuesta mucho porque me falta tono físico, ya he alcanzado hitos como recorrer toda la piscina de espaldas moviendo sólo las piernas.

Poco a poco.

(*) A mí me enseñaron que una piscina es un agujero en el suelo lleno de agua y una balsa es una construcción elevada llena de agua. Como si fuera una piscina del TóisaRás, pero de hormigón, con dos metros de altura y de  ancho y largo similares a una piscina, es decir, a gusto del cliente o de la cartera de éste.
(**) Estás más perdido que un burro en un garaje, dice la sabiduría popular.

8 comentarios:

  1. Es genial que hagas esto de la natación. Además de que te va a venir muy bien físicamente, para fortalecer tu espalda, es muy satisfactorio superar un miedo que se tiene desde hace tiempo.

    De verdad, cada vez que te escucho, o leo en este caso, contar la historia del primer día de piscina, se me caen unos lagrimones impresionantes.
    Pérdoname, pero es que es muy divertido :-)

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  2. Ya era hora de leer esta divertidísima anécdota. A mi me pasa como a Gema, que me "desorino" cuando la leo, y eso que te has dejado uno de los elementos divertidos, cuando te perdiste en la puerta de los vestuarios.
    Eres un crack!

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  4. Cuando pensaba que no podía reirme más he llegado a lo de "¿Por la superficie?, pensé", y resulta que sí que podía reirme más.

    Post cumbre, a la altura de los más míticos.

    El verano que viene nos bañamos en el río Segura.

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  5. ¡Se te echaba ya de menos! me ha parecido genial, la manera en que cubres los what-why-who-where-when (y el how). Especial enhorabuena por la distinción entre tiospepes, porque desde luego, un error podria ser fatal, ya sea presentarse en la feria en bañador o ponerse ciego de caracoles y cerveza en la piscina (más apropiado, en ese caso, en combinación con el popular deporte cuasiolimpico del juego de la rana)..

    Mi única petición es la de explorar el sector viejuno de la piscina, que promete, sobre todo la imagen de unas sexagenarias nadando mariposa, para pánico de sus propias caderas, hombros, etc.

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  6. Jeje, gracias a todos por vuestros comentarios.

    Os aseguro que sólo me falta la silla y la escalera (y algo menos de pelo) para ser el Pepe Viyuela de la piscina.

    ¡Andresín! ¡Qué alegría verte por aquí! ¿Todavía existe el cartel de Sanitas? En caso afirmativo, id poniendo una fecha para que vaya a haceros una visita...

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